Mateo siempre soñó con tener su propio restaurante. Desde pequeño, había visto a su abuela cocinar con ingredientes frescos del campo, creando platos que no solo llenaban el estómago, sino también el alma. “La comida no es solo comida”, solía decirle ella. “Es confianza, es historia. Si la gente confía en lo que pones en su plato, volverán una y otra vez.”
Bajo esa premisa, Mateo abrió "Raíces", un pequeño bistró en el corazón de la ciudad. Sin embargo, pronto descubrió que la calidad y la frescura de sus ingredientes eran tan cruciales como los acuerdos que lograra con sus proveedores. Sus primeros intentos por negociar fueron un desastre: precios inestables, entregas tardías y proveedores que parecían más preocupados por vender que por mantener una relación genuina. Estaba claro que le faltaba algo: estrategia.








Escribir comentario